Un buen final

Cierto día de agosto, un hombre opulento y vestido con una chaqueta americana, que apenas lograba cubrir su contorno, apareció en la Iglesia regida por el padre Marcos; se detuvo a unos pasos del altar con gesto circunspecto; hizo luego una genuflexión y se puso a susurrar, como si estuviese orando. El padre Marcos, que recogía el atril de la misa, se quedó a la espera de captar alguna palabra en el resonar de las paredes, mas nada dilucidó de aquel murmullo constante.

Sorprendido de una visita así, tan extravagante, fue a la sacristía y le dijo al grupo de monagillos que allí lo esperaban: «Mirad en la capilla, donde hay un hombre grueso y bien vestido orando con devoción. Mirad por allí y decidme si oís algo de sus palabras, o si entendéis alguno de sus gestos». Y los dos monagillos más resabidos partieron a la capilla por la puerta de atrás, haciendo ver que venían de la plaza.

Cuando llegaron a la altura del visitante, uno dijo en voz suave, pero altiva:

—¡Ay que ver, hermano, qué vacía está hoy la iglesia! —y tan pronto como acabó de decir estas palabras sacudió la cabeza desdeñosamente, como resignado.El otro pillabán, luego de ver el truco que pusiera en marcha su compañero le siguió de la siguiente manera:

—Desde luego, hermano, pocos hombres de fe quedan ya. Sólo éste que aquí ora tan imbuído en sus problemas —y al decir esto, dejó apoyada su mano sobre el hombro de aquel, esperando alguna reacción. Mas el visitante se limitó a alzar un poco su oratoria, tan incomprensible como antes.

—¡Buen hombre, buen hombre! —dijo con gravedad el primero de los dos pícaros— si busca confesión el párroco tendrá a bien dispensarle cualquier penitencia, que bien lo conocemos nosotros dos, y que buena persona es. Por unas monedas su conciencia tranquila. Es buen trato.

—Buen trato, sí, buen trato —repitió el otro con afectación.

Pero el hombre siguió cabizbajo y totalmente entregado a su labor, sin importarle siquiera la presencia de los dos mequetrefes. Uno de éstos, que era listo como la sierpe, empezó a orar también, intentando seguir el ritmo del visitante, mientras fijaba su atención en un brillante reloj que, fanfarronamente se asomaba por uno de sus bolsillos. Al verlo su compañero hizo lo propio, y las tres voces se juntaron en un melódico ronroneo que hacía estremecer los viejos muros de la capilla. Tanto debió sorprender aquel sonido que el padre Marcos abandonó la sacristía y se presentó en aquel santo lugar gritando:

—¡Por Dios bendito! ¡Qué escándalo es éste! —Y rojo de ira porque nadie le contestaba (ni el visitante por ser ésta su determinación, ni los dos pillastres por intentar evocar alguna reacción en el misterioso penitente), se encaminó decidio a los últimos bancos, en donde los tres personajes de esta historia estaban anclados.

Así hubieron visto los dos monagillos la actitud enfurecida de don Marcos, y conociendo como conocían su temperamento, decidieron abandonar su causa, y, aprovechando la ocasión para hurtarle al visitante el reloj ansiado, salieron por donde habían venido, con la misma velocidad que un alma poseída por el diablo, pero tan sigilosamente que sólo el viento de su huída provocó eco alguno en la capilla.

Este hecho hizo que el visitante saliese de su ensimismamiento y súbitamente se incorporó, como si recordase algo importante que debiese de hacer. Miró agitadamente a sus espaldas y fijó la atención en el cura. El padre Marcos cesó en su marcha tan sorprendido por este hecho que quedó lívido y no supo como comportarse, mas no llegó a verse en el brete, porque el rico penitente echó la mano a su bolsillo, notó la falta de peso, y se dirigió imponente, como una mole de cuerpo, hacia el enjuto sacerdote. Y cuando hubo estado a dos palmos de él, y viéndolo terriblemente asustado le dijo:

—¡Padre! ¡Padre! ¡Dios lo bendiga! ¡Dios bendiga esta iglesia! —y prorrumpió en una serie de bendiciones y salmos que terminaron en un parsimonioso abrazo.

No acertó el sacerdote más a que mirarlo con el espanto propio de quien se ve a merced de un loco.

—¡Gloria! ¡Gloria! —siguió gritando el penitente, mientras hacía ademanes como de rasgarse la camisa—. Padre, que yo estaba aquí convencido de mi derrota, del total abandono al que Dios me había condenado, pues todo han sido desgracias en mi vida. Todo he perdido: mi familia, mi trabajo, mis amistades y hasta la salud, y oré y oré y oré, durante años, y ninguna voz del cielo me alentó. Y convencido de mi desgracia, rogaba hoy a Dios, por fin, que mandara al mismo Diablo a robarme el tiempo que he vivido, pero ¡ay padre! ¡ay! que durante un momento, mientras usted se acercaba, he oído detrás mía a dos querubines, que comentaban sobre mí en voz alta, y que ahoran han desaparecido por mano de lo sagrado, y cuando llevé mi mano al bolsillo, hallé que mi reloj —ganano en pago a los crímenes que antaño cometiera—, ha desaparecido ¡desaparecido! ¿Acaso Dios me habrá escuchado? —inquirió agitado.

—Nuestro señor siempre escucha —acertó a decir el cura.

—Sí, sí, pues Él me ha enviado una señal, clara, diáfana: mandó a dos querubines para decirme: «deshazte de tu pasado y vive tu vida». Y eso haré —concluyó satisfecho.

Estaba el padre Marcos dispuesto a sacar a aquel hombre de su error, explicandole la astuta trama del destino y desentrañando el misterio de aquellos ángeles jocosos, más debió dudar un ápice y, en ese tiempo suficiente, el visitante volvió a tomar la palabra:

—¡Padre! Aquí tiene —dijo tendiendo un sobre abultado que ocultaba bajo la chaqueta—, toda mi fortuna ¡Ea! Que si en esta iglesia Dios me ha encontrado, es menester de este indigno siervo del Señor ayudar a que otros encuentren aquí su voz. ¿Acaso no me lo han dicho así aquellos ángeles?

Don Marcos cogió el sobre y se limitó a asentir.

No faltarán voces que digan con demasiada presteza que don Marcos se aprovechó de aquel hecho, ni otras, más retorcidas, que apuesten por una confabulación entre los dos galopines y el propio párroco, pero fuese como fuese, el hecho innegable es que aquel visitante abandonó aquella iglesia renovado en espíritu, y convencido de haber obrado de la forma más santa. Ahora, ¿quién puede asegurar que ese encuentro fátidico de personas, lugares, objetos y acciones no fuese el delicado trabajo del mismísimo Dios? Quién sabe si acaso no fue cuenta suya cada una de las intrincadas casualidades que hubieron de producirse para confluir en un final así; quién sabe si todo lo que ocurre, no ocurrirá tal vez por alguna razón, demasiado amplia como para ser comprendida.

Advertisement
Publicado en on mayo 4, 2007 at 11:20 pm  Comentarios (1)  

El URI para hacer TrackBack a esta entrada es: http://elrinconoscuro.wordpress.com/2007/05/04/un-buen-final/trackback/

RSS feed para los comentarios de esta entrada.

Un ComentarioDeja un comentario

  1. Fantástica historia.
    Creo que nunca llegaremos a comprender del todo si los puntos que conectados conforman nuestra vida son obra del destino, de nuestros actos, del mismísimo Dios o un entramado aleatorio de todas las posibilidades.


Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.